Aquel día terrible recibimos la gran orden de empacar el grueso de las tropas, de tierra, mar y aire.
La guerra se había acabado. Habíamos sido derrotados. Todo estaba perdido.
Los tres ejércitos, todos sus cuerpos, formaron filas de plástico alrededor del total del perímetro del parque, contenido entre negros lanzones de hierro.
Los soldados desfilaron en amplias y recias filas marciales, saturando la avenida y el paseo en toda su anchura, de una a otra acera, llenando de la equidad militar de cuerpos uniformados el bulevar y las dos pistas adyacentes.
La masa de civiles fue convocada y forzada a reunirse en el centro de la capital, abarrotando el casco antiguo de mujeres y niños que lloraban, de ancianos circunspectos, de ciudadanos de mediana edad contrariados. Los unos protestaban frunciendo los ceños. Otros justificaban la orden gubernamental.
Dejaron atrás, por coacción, prácticamente todas las posesiones. Apenas se permitió un bulto grande y un macuto por cabeza. La angustia oprimía los corazones. Las medidas dispuestas causaron desazón, temores y congojas.
Pero no había objeción posible. Grupos armados movilizados por el ejército se habían ocupado de garantizar el desalojo. Si quizá alguien consiguió ocultarse, aferrado a sus bienes materiales, esa sería su perdición. La campana antinuclear se desplegaría sobre lo viejo al final de la jornada. Toda el área circundante, de la parte señorial a los suburbios, de la zona de reciente construcción a la circunvalación con su salpicado de chalets de lujo, sería completamente fumigada a la noche siguiente, y arrasada acto seguido, con objeto de anticipar la erradicación a la llegada de las fuerzas de ocupación extranjeras.
Cuando todo el público estaba ya cercado en el perímetro que las autoridades habían designado, con los ejércitos desfilando en orden mimético entre las desordenadas masas de la plebe que abarrotaba las aceras, comenzó el despliegue del sistema, fruto de la más reciente innovación bélica. Se hizo el silencio, apenas roto por algunos leves balbuceos infantiles. Hasta los pájaros del parque, contagiados de la desazón, presintiendo algo aterrador, habían interrumpido sus trinos y habían enmudecido como todos. Retumbaba sordo el estruendo de las botas, al compás de las rítmicas zancadas de las tropas desfilando en formación.
Se abrieron las barrenas metálicas que, después de precipitadas obras de emergencia, habían sido insertadas en los suelos de muchas calles y en otros que habían quedado descampados tras derruirse los edificios que antes ocupaban los solares. La instalación había formado un círculo completo y perfecto que abrazaba el centro de la ciudad. Los gajos de la campana antinuclear emergieron lentamente, de forma simultánea. Eran gruesas láminas curvas y ojivales, de una especie de plexiglás transparente y ultra fuerte, que permitía el paso de la luz del sol y, según aseguraban desde el gobierno, protegería de cualquier ataque a los moradores. Había provisión de agua y víveres suficiente para un periodo de dos años. La frondosa flora del parque, en el centro de la zona de seguridad, garantizaría la presencia del oxígeno necesario. Los megáfonos que habían sido improvisados en las farolas y semáforos pocas semanas antes, atronaron dando instrucciones, pidiendo tranquilidad y paciencia, prometiendo protección y seguridad.
Ni siquiera se esperó al regreso de la totalidad de los grupos de soldados desplegados para obligar a la evacuación. Aquellos valientes y obedientes hombres y mujeres, que habían quedado atrás, fueron sacrificados en aras del bien común. También los reticentes, rezagados, se quedaron fuera. Quien no se encontrase puesto a salvo en el interior del perímetro que circundaba la campana sería exterminado durante la aniquilación de la ciudad.
Inmediatamente al inicio de la elevación de los paneles, una sirena estridente en extremo ensordeció a todos los seres allí aglutinados, y enmudeció cualquier murmullo o alarido de desconcierto o pavor. El sonido parecía interminable, que llegaron a dolernos los oídos. Hubo desmayos. Los paramédicos, presurosos, se esforzaban por devolver la consciencia a los caídos.
Los ciudadanos fueron conducidos entre órdenes enérgicas de volumen elevado y empellones inmisericordes. Se les forzó a ocupar los edificios cuyos muros habían sido blindados durante la guerra. Una vez dentro, se cerraron las puertas bloqueando cualquier iniciativa de salida al exterior.
Los soldados fueron los últimos en quedar envasados.
Se les ordenó subir de forma ordenada a los enormes cajones de madera compartimentados. Allí, apelotonados, sudorosos, no podían caber sino así, de pie, en formación.
Los primeros en ser colocados ordenadamente fueron los cuerpos del aire: pilotos paracaidistas, unidades de salvamento, de coordinación, escuadrones de vigilancia, zapadores, técnicos de comunicaciones, de seguridad, de defensa y apoyo, unidades de control y de evacuación… Ocuparon las plantas superiores de los cajones.
Después se colocó a los de marina. Sus uniformes blancos, desde lejos, cobraron el aspecto de grandes cubitos de hielo escarchado, depositados en sus cubiteras descomunales. En los sótanos se apelotonaron los tripulantes de submarinos y los buzos.
Por último, en los entresuelos, los primeros y segundos pisos y los bajos, fueron instalados en orden perfecto los integrantes de los ejércitos de tierra: Infantería, artillería, conductores, técnicos de transmisiones, todos obedecieron sin rechistar las órdenes del alto mando militar que, en los últimos meses, ante la grave situación bélica, habían ocupado por la fuerza el congreso. Para ellos y para la familia real fue reservado el palacio, despojado de sus ínfulas culturales y transformado en refugio de lujo.
Quedó empacado en orden todo el pueblo de Madrid, sellados los edificios y las cajas de soldados. En ese momento, con un monstruoso crujido de metales, los gajos del dispositivo ultramoderno de defensa juntaron sus paredes, y las puntas reforzadas con una aleación de plomo y litio de las ojivas, chocaron y se soldaron entre sí, formando una cúpula semiesférica y translúcida que dio al centro de la ciudad el aspecto de un invernadero sideral.
A continuación, los héroes que voluntariamente se habían ofrecido para dar término a la desesperada operación militar, hicieron estallar las bombas de las que todo lo externo a la cúpula antinuclear se había sembrado. Todo el perímetro ciudadano colapsó. El fuego se extendió con inusitada rapidez, como una llamarada inmensa que lamió todo: las calles, los edificios, los jardines, los subterráneos, los vehículos, a aquellos voluntarios mismos que lo habían hecho estallar todo en llamas.
En un par de horas ya no quedaba nada fuera de la cúpula. En el interior, se pudo sentir con potencia el calor causado por el terrible infierno exterior. Todos sudaron copiosamente, apretujados entre sus compañeros de encierro y sus bártulos que ya no les servían para nada.
Entonces se elevó otro sonido: Un creciente rumor. Eran oraciones. Y el llanto de millones de almas atrapadas.
AUTORA: HER DE ANTA (ESPAÑA)
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Her de Anta. lleva escribiendo desde el mismo día en que aprendió a hacerlo, pero solo a partir de la pandemia se lanzó de forma casi obsesiva, a corregir, mecanografiar y publicar esa ingente cantidad de material acumulada durante años.
Licenciada en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid..Trabajó en TVE y Telecinco, entre otros empleos de subsistencia. Fue también percusionista, guionista y realizadora. Ejemplo:
https://youtu.be/x330vgXW4kM?si=7URjGW12JGvjY4Qr, videoclip con el que ganó un cuarto premio y accesit en el Festival Internacional de Video de Vitoria 1990. También ha sido fotógrafa (con varias exposiciones y galardones, entre ellos el primer premio de “Revelar Madrid, apartado la noche” 1992), diseñadora gráfica, y empresaria.
Aficionada a la ilustración y a la escultura. Sus primeros libros impresos los maquetaba, cosía y encuadernaba artesanalmente y los publicaba bajo el nombre de una editorial pirata nacida a este fin, a la que llamó F.U.N.E.S.T.A. (Fantástica, única, niquelada, editorial superior totalmente autónoma).. En 2020 sumó al material que editaba de esa manera, otros dos libros de poesía y una novela completa.
En 2021 descubrió la autoedición mediante Amazon Kindle y desde ese momento, transcribe lo viejo y escribe nuevos libros, y publicasin parar,. Del 2021 al 2024, tres libros de poesía y fotografía en color (“Dioses actuales, dioses ancestrales”, “Haikus, máximas, trabalenguas y fábulas”, Poemario lunar”), otros siete libros de poesía (“El sol dibujó en la pared”, “Kebrado negro”, “Guiomar por bulerías”, “FIN”, “Renacer, reiniciar”, “Caños amargos”, “Sin las aves”) y cuatro de relatos (“Sueños, pesadillas I, II, III” y el recopilatorio de los anteriores). Participa en diversas antologías como “Jardín de hojas” de Cruz Roja o “Hallerbos. Cuentos, Relatos y Poemas del bosque”, de la logia de escritores “La Hermandad de Essin”, además de otras más como seleccionada o finalista en algunos concursos («Poesías V», de Libripedia, y en «Poetas nocturnos VIII», “Luz de luna” y “Versos en el aire” de Diversidad literaria). Publica también en revistas literarias como “El Narratorio” o las que trimestralmente publica su logia.
En 2023 obtiene un premio de haikus (Antología Haikus VI de Diversidad literaria). Como premio, dicha editorial publica su poemario, nacido en 1980 “El pájaro y la estrella”
Bajo el sello F.U.N.E.S.T.A. se encarga además de la corrección, maquetación, creación de cubiertas, prólogos, textos promocionales, recitados y booktrailers. Para estos y otros trabajos audiovisuales tiene un canal en Youtube al que bautiza con un nuevo seudónimo: “Luisa Tabanya”. Tiene varias páginas en Facebook e Instagram. Destacaría “Her de Anta. Escritora y artista”.
En cuanto a sus libros, la forma más eficaz de hacerlos llegar a la comunidad es por el contacto directo, a través del Messenger, o el WhatsApp +34 672743772, pero también se encuentran disponibles en Amazon, en distintos formatos. Se encuentran buscando con Google u otro buscador, como Her de Anta en Amazon o María Luisa «Her» de Anta.
